Diez personas que fueron enterradas vivas

La creencia común de que modismos como “salvado por la campana” y “haciendo un trabajo en el momento a la noche” se produjo gracias a los funerales en directo fué desacreditado. No obstante, el temor a ser sepultado vivo era mucho más que un mito en la civilización del siglo XIX. El 25 de agosto de 1868, Franz Vestor recibió una patente para un valor ataúd que incluía una entrada de aire, una escalera y una campana, tal es así que cualquier persona que fuera sepultado vivo pudiese alertar a otros en la área y abrirse sendero hacia la independencia. En su libro de 2002, Sepultado vivo: la temible historia de nuestro temor mucho más primigenio, el Dr. Jan Bandeson afirma que ciertos pasquines de europa del siglo XIX apuntaron que una décima una parte de la población fue sepultada viva. El porcentaje no era exacto, afirma Bandeson, pero el miedo tampoco era infundado.

10. Condesa Emma de Edgcumbe

A lo largo del Iluminación, Los intelectuales de europa privilegiaron poco a poco más las teorías verificadas a través de pruebas y registros estrictos de datos. Este enfoque se aplicó a las ciencias médicas. En los siglos XVIII y XIX, múltiples pruebas brutales fueron desarrollados para saber si un cadáver aparente se encontraba verdaderamente sin vida. Aún de esta manera, no todos y cada uno de los que fueron sepultados estaban verdaderamente fallecidos.

Según el mito, la condesa Emma de Edgcumbe fue declarada fallecida en la época del siglo XVIII. Fue sepultada en el mausoleo familiar. Un sacristán de la iglesia que había asistido al entierro de Emma regresó a la tumba, con la intención de exhumar el cuerpo y hurtar el anillo sepultado con Emma. En el momento en que el sacristán le quitó el anillo del dedo a Emma, ​​Emma se despertó, todavía cubierta en su mortaja funeraria. El sacristán asombrado escapó. Emma regresó a Edgcumbe Estate, caminando media milla. El día de hoy, el Sendero de la Condesa en la finca memora su viaje.

9. San Orán de Iona

Ahora en el siglo XIX, en ocasiones se requerían sacrificios humanos en el momento en que se ponían los cimientos de un nuevo edificio. Esta práctica se fundamentó en la creencia de que el difunto, que podría ser ejecutado si no quisiese formar parte, podría mantenga el edificio si fue sepultado bajo una piedra primordial.

Según el mito, el druida católico, San Orán de la isla escocesa de Iona, logró una oferta a su guía, San Columba, en el momento en que San Columba se encontraba creando la Abadía de Iona (c. 563 d.C.). San Orán se ofreció a dejar que San Columba lo enterrase vivo para bendecir la abadía.

San Orán fue sepultado vivo, pero sus compañeros de iglesia amablemente lo disculparon y por último lo sacaron. San Orán aseveró que había experimentado visiones del mucho más allí, lo que debería haber encantado a los eclesiásticos. Lamentablemente, sus visiones no habían incluido ni el cielo ni el infierno. Gracias a que sus cuentos eran perjudiciales para los leales cristianos, los eclesiásticos sepultaron de nuevo a San Orán. En esta ocasión, lo dejaron para fallecer.

8. David Blaine

Inspirándose en Harry Houdini, cuyo apéndice reventó antes que pudiese procurar esta hazaña, el mago David Blaine dejó que sus ayudantes lo enterrasen vivo. El 5 de abril de 1999, Blaine fue sepultado públicamente en un ataúd. El ataúd se encontraba bajo un tanque de tres toneladas lleno de agua. Sepultado bajo tierra, Blaine consumió solo líquido a lo largo de siete días. En el momento en que salió tras una semana, se encontraba cubierto de fotógrafos deseoso, que habían estado aguardando fuera de su tumba. Blaine no revelará los misterios tras ninguno de sus trucos de magia.

No obstante, dijo que con regularidad se somete a entrenamiento de resistencia para prolongar el tiempo que puede subsistir con una cantidad achicada de oxígeno. Tácticas Para eludir daño cerebral hipóxico mientras que limita su consumo de oxígeno, integre el perder peso, contener la respiración a lo largo de periodos de tiempo cada vez mayores y reposar en una tienda hipóxica para acrecentar su recuento de glóbulos colorados.

7. Mick Meaney

El constructor Mick Meaney, de Mitchelstown, condado de Cork, Irlanda, por último abandonó su sueño de transformarse en boxeador profesional. Todavía ansiando la popularidad, Meaney se dedicó infatigablemente a perseguir otro sueño: romper el récord mundial que existe por la proporción de días que alguien había pasado sepultado vivo. Ya que previamente había sido sepultado vivo resumidamente en el transcurso de un incidente de construcción en el sitio de trabajo, Meaney sabía que tenía la fortaleza mental para sostener la tranquilidad mientras que se encontraba sepultado bajo tierra. Su preparación física incluía comer una dieta que consistía únicamente en filetes (si bien asimismo se dejaba fumar). A lo largo de tres semanas, asimismo organizó adiestramientos, realizando flexiones parciales en un enorme ataúd abierto que su agente, Butty Sugrue, puso en el pub Admiral Lord Nelson.

El 21 de febrero de 1968, Meaney invitó a los noteros a eso que llamó su Última Cena en el pub. Esa noche, el ataúd cerrado, con Meaney adentro, fue subido a la parte posterior de un camión. Entonces, el ataúd fue bajado a un orificio y sepultado a 2 metros bajo tierra. En el momento en que fue sepultado, el ataúd de Meaney había sido pertrechado con 2 cañerías, una para comida y otra para charla y ventilación. Meaney podría dejar en libertad sus desechos por medio de una escotilla en el ataúd. Había considerado esmeradamente cada elemento de su truco, salvo uno. Jamás le notificó a su mujer, Alice. Se enteró de su plan por medio de un informe de radio.

Meaney continuó bajo tierra a lo largo de 61 días, batiendo el récord previo de American Digger O’Dell de 45 días. Lamentablemente, en contraste al de O’Dell, el logro de Meaney jamás se registró en el Libro Guinness de los récords mundiales. Se consideró inelegible, puesto que ningún juez de Guinness se encontraba presente en el momento en que salió de su ataúd.

El tiempo que Meaney pasó sepultado vivo le arruinó la vida. Si bien le ofrecieron un contrato promocional con la compañía de maquinillas de rasurar Gillette y una da un giro mundial, ninguno de los proyectos se concretó. Su hija, Mary, asegura que pasó toda su historia intentando de recobrar su alegría al escapar del suelo. Si bien el triunfo de Meaney ocasionalmente le trajo mal, otros hallaron su experiencia divertida. En su velatorio, el sacerdote pronuncia el elogio de Meaney. dicho, “Jamás he sepultado a alguien que haya sido sepultado antes”.

6. Gaya Beauty

En 2009, los arqueólogos surcoreanos hicieron un modelo a escala real, una recreación digital de aspectos faciales y físicos fundamentada en información de un esqueleto de 1.500 años de antigüedad. Una muchacha de 16 años con rostro ancho, dedos delgados y cuello largo, su felicidad encanta a los observadores contemporáneos. Es posible que tuviera una hermosura natural, dicen los arqueólogos que la exhumaron, pero carecía de prestigio. Un examen de los huesos de sus rodillas declara que de forma frecuente se arrodillaba. Esto asegura que ella se encontraba un sirviente, en tanto que los sirvientes de manera frecuente se arrodillaban mientras que efectuaban las tareas familiares o se arrodillaban en deferencia a sus amos.

Su historia ha podido ser bien difícil. Su muerte fue desgarradora. Al investigar su esqueleto, los científicos reafirmaron que se encontraba sepultado vivo en el momento en que sus amos fallecieron, según con la tradición del siglo VI en el Reino Gaya de El país nipón. Privada de oxígeno, se ahogó.

5. Angelo Hays

En 1937, el inventor francés Angelo Hays, que entonces tenía 19 años, fue a ofrecer un recorrido en moto. Chocó contra una pared de ladrillos en el momento en que no llevaba casco. Gracias a que el cuerpo de Hays quedó demacrado por el incidente, sus progenitores no fueron citados para detectar el cuerpo. Como no tenía pulso, su médico lo declaró fallecido. Antes del desapacible viaje de exitación de Hays, el padre de Hays sacó un póliza de seguro de vida sobre su hijo de 200.000 francos. La aseguradora que tenía la póliza precisaba una ocasión para contrastar la desaparición de Hays antes que se le otorgara el dinero. Si bien sus progenitores se resistieron a la demanda de la aseguradora, fue exhumado un par de días tras el entierro.

Su cuerpo todavía se encontraba ardiente, por el hecho de que no se encontraba fallecido. Se encontraba inconsciente, gracias a la convulsión cerebral que recibió a lo largo del incidente de su moto. Subsistió al entierro pues su estado comatoso redujo la proporción de oxígeno que precisaba para sostenerse con vida. Ya que su muerte próxima pareció accidental, sus progenitores jamás fueron procesados. Hays usó su experiencia para favorecer a otros. Inventó un ataúd de seguridad con un tubo de respiración, instalaciones sanitarias y un transmisor de radio, desarrollado para dejar que esos que fueron sepultados equivocadamente transmitan mensajes sobre el suelo.

4. Josef Guzy

Los médicos contemporáneos tienen la posibilidad de resucitar a quienes están legalmente fallecidos a través de un desfibrilador de afuera automático (DEA). No obstante, los médicos aún son susceptibles de cometer fallos humanos al saber si un tolerante ha fallecido. En 2010, el apicultor polaco Josef Guzy padeció un infarto mientras que cuidaba sus colmenas. Se llamó a una ambulancia y llevaron a Guzy al hospital. Su médico tratante mencionó que no respiraba. No tenía pulso y su cuerpo se encontraba fresco. El médico lo declaró fallecido.

Guzy fue llevado al depósito de cadáveres. Una vez que el cuerpo de Guzy fuera puesto en un ataúd, su viuda, Ludmilla, le solicitó al empresario de pompas lúgubres, Dariusz Wysluchato, que le quitara el reloj a su marido. En el momento en que le quitó el reloj del brazo a su marido, Wysluchato le ha dicho a Ludmilla que, tras todo, no era viuda. Él sintió un pulso en la muñeca de Guzy. Tan rápido como regresó sano y salvo a casa, ha dicho Guzy, agradeció al empresario de pompas mortuorios llevándole un tarro de miel.

3. Sassi y Punnu

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Según un cuento habitual indio, nació una hija de una pareja hindú del siglo XI del elenco brahmán. Los progenitores, contentos, llevaron a su pequeña hija a un astrólogo, de quien aguardaban adivinar su porvenir. Han quedado arrasados en el momento en que mencionó que su hija se casaría con un musulmán. Este aspecto del cuento habitual tiene una base fáctica; La tensión social y cultural y social y política entre hindúes y musulmanes al final condujo a la capacitación del país de Pakistán, que separado de la india en 1947.

La pareja no podía dejar que alguien que pudiese casarse con un musulmán se quedara en su casa, pero no podían aguantar matar a su hija. En cambio, pusieron a su bebé en una caja de madera y dejaron que la caja flotase en el río Indo. Atta, un lavandero, se encontraba lavando ropa en el río en el momento en que halló la caja. Enamorado del bebé, la llevó a casa con su mujer. La pareja la llamó Sassi, que significa “luna”. Como muchas heroínas de los cuentos populares, Sassi se transformó en una mujer amable, virtuosa y bella. Tras percibir a un trovador alabando su hermosura, Punnu, un príncipe musulmán, se encontraba resuelto a entender a Sassi.

Haciéndose pasar por un mercader, Punnu llevó una caravana a la aldea de Sassi. Punnu encantó a Sassi, vendiéndole sus seductores perfumes. La felicidad recatada de Sassi cautivó a Punnu. Sassi y Punnu se casaron, y Punnu juró que jamás dejaría el lado de Sassi.

Los integrantes de la familia de Punnu estaban sobresaltados por su apresurado matrimonio, en tanto que no había tolerado que su padre aprobase la casta y religión de su querida. Únicamente una princesa musulmana sería una mujer correcta para el príncipe. Los hermanos de Punnu procuraron múltiples ocasiones captar Punnu de regreso a su aldea. Cada vez, los amonestó. Al final, los hermanos de Punnu lo tentaron con bebida. Borracho, por último accedió a dejar a su querida mujer.

Por la mañana siguiente, Sassi se despertó y descubrió que su marido no se encontraba a su lado. Deambulaba por el desierto, clamando por él. Tras su extendida búsqueda, Sassi se murió de apetito. Tenía la garganta reseca. Tenía los pies magullados y sangrando. En el momento en que Sassi rogó a los dioses que la protegieran de los adelantos de un pastor errante y lascivo, la Tierra se abrió bajo ella y la enterró. Después, en el momento en que Punnu retornaba con su mujer, vio su duppatta (chal), tendida cerca de su tumba. En el momento en que rogó a los dioses que lo perdonaran por dejar a Sassi, su tumba se abrió. Punnu asimismo fue enterrado. La presunta tumba de la pareja está cerca de Karachi, Pakistán. Se estima que Punnu y Sassi son los única pareja en un país musulmán sepultado en una tumba conjunta.

2. Lava

En 2015, una mujer kurda iraquí que solicitó a la prensa que se refiriese a ella solo como Lava aceptó la oferta de un compañero de trabajo de llevarla a casa. En Irak, las mujeres solo tienen la posibilidad de salir al aire libre en el momento en que acompañado de un familiar masculino. En el momento en que aceptó que su compañero de trabajo la llevara, Lava se encontraba transgrediendo la ley. Acusándola de deshonrar a su familia, sus hermanos la forzaron a subir a un automóvil amenazándola con un arma. Condujeron hacia las montañas. En el momento en que se detuvieron, forzaron a Lava a caminar con las manos atadas a la espalda. Si bien suplicó a sus hermanos que no la matasen, cavaron una tumba, la empujaron al orificio y la sepultaron.

Por suerte, el cuñado de Lava persuadió a su padre para mencionarle dónde se encontraba sepultado Lava. El cuñado y la hermana de Lava abrieron su tumba. Su historia fue restaurada, pero su seguridad aún se encontraba conminada. Lava salió del país.

1. Octavia Hatcher

Octavia Hatcher de Kentucky fue en teoría mordida por una mosca tsetsé a fines del siglo XIX. La picadura provocó una infección en la sangre. Pálida y también inmóvil, se pensaba que Hatcher se encontraba fallecida y la sepultaron apuradamente. No obstante, otros en su red social que padecieron picaduras afines se recobraron gradualmente de sus infecciones sanguíneas.

Al ver la mejor fachada de sus vecinos, el afligido marido de Hatcher se preocupó de haber sepultado a su mujer bastante próximamente. En el momento en que exhumó el cuerpo de su mujer, sus miedos se reafirmaron. Su uñas y yemas de los dedos se había desgastado en el momento en que procuró salir de su ataúd.

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