Top 10 científicos increíblemente dedicados

Como van las expresiones grabadas en la lápida del (no tan) inmortal vanguardista de la escapada, Otto Lilienthal: “Hay que llevar a cabo sacrificios”. En la búsqueda del conocimiento y el hallazgo científico, siempre y en todo momento va a haber quienes den un paso adelante, alén del llamado del deber. Este producto NO es para estas personas valientes. Este producto es para esos que se publicaron completamente alén del llamado del deber, en una moto llevada a cabo de ciencia y disparidad.

10. Robert Bunsen

Nativo de 1811, Robert Bunsen es mucho más destacable en este momento por el proyecto que transporta su nombre, el popular Bunsen Burner (de todos modos creado por su asistente, pero esa es otra historia). Esta hazaña, no obstante, no fue todo con lo que Bunsen fue destacable, merced a un aspecto menos popular pero relevantemente mucho más asombroso de su crónica: Robert Bunsen fue una suerte de contestación de la ciencia a Die Hard.

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A lo largo de 1840, Bunsen decidió empezar a trabajar con compuestos populares como cacodilos, pese a entender que estos cacodilos tenían una secuencia de peligros bien investigados socios con ellos. O sea, son enormemente explosivos, increíblemente tóxicos (poseen el veneno arsénico), susceptibles de combustión en el aire seco, y quizás lo malo de todo, el nombre “cacodilo” se proviene de la palabra griega para “maloliente”. Sin inmutarse y listo para publicar ciertos golpes por la ciencia, Bunsen entró con valentía en el anillo metafórico … y de forma rápida perdió un ojo frente a una explosión de cacodilo (absurdamente predecible).

Una herida en la carne como un ojo quemado no fue bastante para reducir la dedicación de Bunsen, y continuó sus estudios sin inmutarse, hasta el momento en que contrajo intoxicación por arsénico. Continuó ensayando con cacodilos, retando los efectos del intoxicación por arsénico, que tienen dentro calambres musculares, diarrea severa, parálisis parcial y muerte, todo lo que padeció en su historia (en un instante u otro). Al final, tras seis años increíbles (y algo desconcertantes) de vivir con cacodilos, pasó a un trabajo mucho más seguro. Esto es, tomar muestras de gas de volcanes y del interior de altos hornos.

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9. Francis Bacon

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Francis Bacon, entre las figuras mucho más predominantes y reconocidas del siglo XVI, fue un reconocido científico, político, letrado, pensador y … bueno, supuestamente logró prácticamente todo. Aparte de acrecentar por sí mismo las tasas de desempleo en Inglaterra realizando el trabajo de todos, el exquisito Bacon fue vanguardista en el procedimiento científico que todavía se utiliza hoy en dia. Entre las muchas contribuciones de Bacon a la ciencia fue el hallazgo de que la nieve se podía emplear para preservar la carne: al tener esta iniciativa, Bacon decidió que no había nada de tiempo que perder y, según los reportes, se lanzó de cabeza a la nieve para investigar, sin incomodarse en vestirse apropiadamente. o regresar al calor en un período temporal razonable pese a la temperatura de congelación. Contrajo y por último murió de neumonía, pero cuando menos el pavo que rellenó con nieve se preservó.

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8. John Stapp

En la década de 1940 (tan últimamente como en 1945), se pensaba que el número de fuerzas g primordiales para matar a un hombre era de 18 g. John Stapp decidió retar esta creencia, y lo logró del mismo modo que lo haría cualquier hombre de ciencia racional: se anudó a un cohete y sometió su maldito cuerpo a él.

Efectuó muchas variantes de estos ensayos en desaceleración durante su trayectoria, tolerando un sinnúmero de lesiones distintas que tienen dentro extremidades rotas, costillas, desprendimiento de retina y múltiples otros traumas que ocasionalmente resultaron en inconvenientes de visión persistentes para toda la vida ocasionados ​​por la rotura persistente de vasos sanguíneos en sus ojos. . Creerías que esto podría lograr que por lo menos atenuara un tanto los ensayos, pero estarías equivocado; un hombre en un cohete es bien difícil de frenar. En uno de sus últimos ensayos, se sometió a la impactante proporción de 46,2 ocasiones la fuerza de la gravedad.

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7. Santorio Santorio

Santorio Santorio (1561-1636) en su balance

Santorio era un italiano de profesión y compañero de Galileo, que se encontraba raramente ofuscado por el desempeño del cuerpo humano. Tan ofuscado que escogió, a lo largo de 30 años (de 1590 a 1620), pasar la mayoría del tiempo viviendo en una habitación enana suspendida por escamas colosales. Asimismo ponderó todo cuanto entraba en su cuerpo … tal como todo cuanto lo abandonaba, en lo que debe ser entre los ensayos bizarros menos agradables de esta lista. Su “ensayo” es extensamente festejado por su metodología experimental (midiendo todo y asegurando que todos y cada uno de los descubrimientos fuesen precisos) y produjo el estudio del metabolismo humano.

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6. Lazzaro Spallanzani

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Otro italiano ofuscado con la digestión, Lazzaro tragaba de forma regular esponjas con cuerdas y las sacaba cuando habían absorbido los fluidos de su estómago. Precisamente, esto no era suficientemente excepcional, puesto que procedió a añadir múltiples géneros de alimentos a estas esponjas e inclusive a sostenerlas bajo sus brazos (en teoría llevándolas con él a acontecimientos como los servicios de la iglesia) para ver la digestión en acción. Su investigación condujo a la base de nuestra entendimiento actualizada de la digestión.

5. John Scott Haldane y John BS Haldane

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Un fisiólogo británico con una admirable dedicación para compensar su aparente falta de instinto de conservación, John Scott Haldane era extensamente popular por su conocimiento especialista del sistema respiratorio, adjuntado con su “intrépida autoexperimentación”, esto es, el sellado él mismo en una cámara hermética y sometiéndose a mortales cócteles de gases mientras que registra sus efectos en su cabeza y cuerpo. Su hijo, John BS Haldane, prosiguió los pasos de su padre, privándose de oxígeno el suficiente tiempo para desatar un ataque dañino y también infligirse tímpanos horadados. Los ensayos de John Scott conducen a una extensa selección de descubrimientos relacionados con el desempeño del cuerpo humano, la naturaleza de los gases y la intersección (de manera frecuente desapacible) entre los 2.

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Forssmann había teorizado que algunos fármacos podrían administrarse con mayor efectividad en el torrente sanguíneo si se administraran de forma directa en el corazón; este fue el principio básico tras lo que se transformaría en su trámite innovador, el cateterismo cardiaco. Para evaluar este trámite, contrató a una enfermera a fin de que lo ayudara, quien estuvo en concordancia a condición de que él le realizara la operación a ella, en vez de él mismo.

Conque la aseguró en la mesa de operaciones … y después prosiguió adelante y efectuó la operación en sí de todas formas, presumiblemente chillando: “¡Es bastante arriesgado!” Mientras que se encontraba bajo la predominación de la estética local, prosiguió adelante y se puso un catéter uretral en la vena y después de manera directa en el corazón. Recuerde que la próxima vez se quejará de una inyección.

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3. Dr. Barry Marshall

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Adjuntado con su colega, el Dr. Robin Warren, Marshall estudiaba la bacteria H. Pylori en el momento en que se persuadió de una conexión entre la bacteria y dolencias como las úlceras pépticas y el cáncer gástrico. En frente de las mofas de los científicos y médicos establecidos, es lógico que Marshall responda realizando la cosa menos absurda que se le ocurra. Pero su contestación real fue eliminar una placa de Petri llena de bacterias.

Tras tres días desarrolló náuseas y halitosis, tras cinco había progresado a vómitos, y al octavo día había probado que su cuerpo se había transformado en una granja de bacterias vivas, lo que avanzó de manera significativa el saber médico contemporáneo y probó que sus contrincantes estaban equivocados de la forma mucho más ida y forma mucho más impactante viable.

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2. Pierre y Marie Curie

Un dúo francés de marido y mujer con un enorme interés en la radiación, Pierre y Marie Curie definieron verdaderamente el término “radiactividad”. En un esfuerzo por evaluar de qué forma esta extraña actividad, que sospechaban que podría ser perjudicial para los humanos, afectaba la piel, la pareja decidió un procedimiento para investigar. Pierre se anudó radio en bárbaro a su brazo desvisto, escupiendo a los ojos conceptos como seguridad o precaución saludable. Tras múltiples días, su brazo se puso colorado y también inflamado; cuanto mucho más tiempo continuaba, mucho más dolorosas y graves se volvían las lesiones. Esto supuestamente solo encolerizó a la pareja, en tanto que siguieron ensayando a lo largo de múltiples meses, y al final consiguieron un enorme conocimiento de las quemaduras por radiación, adjuntado con “múltiples cambios en nuestras manos a lo largo de las indagaciones”.

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1. Stubbins Ffirth

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En un esfuerzo por probar que la fiebre amarilla no es infecciosa (nota: lo es), Ffirth trascendió los límites de la higiene, la decencia común y la cordura misma. Logró incisiones en sus brazos y después los llenó con vómito de pacientes con fiebre amarilla, o sencillamente lo vertió de forma directa sobre sus globos oculares. Entonces pasó a la sangre, la saliva y la orina, por si las moscas alguien no se encontraba ahora suficientemente disgustado. En el final, su trabajo fue en balde: las muestras que había conseguido procedían de pacientes que habían pasado el punto de ser infecciosos, lo que imaginamos sería bastante mortal de conocer tras pasar meses tragando vómito.

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Escrito por Hamish MacDonald

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